Anna Sans Llauradó | Lleida

Últimamente se habla mucho del Islam, sin embargo la ignorancia, las confusiones, los estereotipos permanecen. Y si el Islam viene estereotipado y cargado de imágenes distorsionadas, el sufismo –su rama mística– está aun más sujeta a ellos.

Vivimos en la era de las redes sociales y en una especie de New age digital, en la que es necesario “realizarse espiritualmente” o cuanto menos, aparentarlo. Los muros de facebook y twitter se llenan de frases de autoayuda, citas espirituales y pensamientos profundos, donde las palabras de Jodorowsky se codean con los poemas sufís de Rumi. Hay incluso maestros sufís viajando el mundo y dando conferencias al estilo de los monjes tibetanos, resulta extraño si se tiene en cuenta el rechazo que genera el Islam en el mundo occidental. El sufismo en Occidente se está desislamizando. Y es que el Islam no vende, pero la espiritualidad sí. Si uno piensa en el sufismo, le vienen a la cabeza imágenes románticas de Oriente Medio, como el baile circular de los derviches, mosaicos y azulejos, cuentos de la Alhambra Andalusí, músicas y cantos agradables y casi extáticos, fábulas cargadas de moralejas y proverbios de boca de sabios con turbante y largas barbas…

Llegué a investigar el hashtag #sufi en instagram y en otras redes, y el resultado en general no me pudo parecer más azucarado, estereotipado y posturil, a menudo más vinculado a otras “sabidurías ancestrales” como el budismo, el taoismo y el zen que al propio Islam, además de no encontrar prácticamente ninguna referencia al sufismo africano. Pero, ¿qué es realmente el sufismo? ¿qué representa ser sufí? ¿Existe el sufismo africano y en que se diferencia de otras ramas sufís? Son las preguntas que me venían a la cabeza una vez metida en el embrollo de la amplitud de definiciones y que engloba el término. De hecho descubrí que el sufismo, a grandes rasgos, se define como la rama mística del Islam, pero es una palabra de origen y uso occidental, apenas mencionada por los propios fieles. Se calcula que en África hay unos 500 millones de musulmanes, la mayoría de los cuales son sufís. Una de las ramas sufís o Tariqas (método, escuela) con más fieles en África Sudsahariana es la Tijanyya, pero la idiosincrasia de la tariqa Muridiyya o Murid, muy popular en África occidental (nacida en Senegal), la hace muy vistosa y me lleva a preguntarme sobre las particularidades del Islam en los países del sudsaharianos.

 

 

Enfrentada a la ardua tarea de definir el sufismo africano y el sufismo más allá del estereotipo, me puse a preguntar a varias personas seguidoras de la corriente mística, qué es el sufismo, qué representa ser sufí, y qué entienden por sufismo africano.

La variedad de respuestas, explicaciones y metáforas que recibí me permitió entender, por un lado, la fascinación que inspira el sufismo alrededor del mundo y, por el otro, que no existe sufismo fuera del Islam. De hecho, contrariamente a la imagen que el sufismo tiene de laxo, escoger el sufismo es escoger un camino de rectitud absoluta. Para ser sufí hay que ser fervientemente musulmán. El sufismo es el corazón del Islam, y como tal, cada latido está dedicado a honrar a Dios. Según palabras del senegalés Cheickh Fall, que a menudo da las conferencias religiosas en las celebraciones murid de Lleida, ser sufí es “un grado más”. Admite que que hay ramas del Islam que consideran que los murid no son musulmanes, siendo a menudo objeto de la ira del salafismo y el wahabismo (que apoyan la aplicación de la sharia o ley islámica y siguen interpretaciones rígidas del Corán) por sus prácticas diferentes no contempladas en el Corán, como su culto a marabouts o las meditaciones pasando las cuentas del tasbih, a lo que él responde que “todo son caminos para llegar a un mismo lado” y que lo esencial de los sufís es no practicar para demostrar nada a los demás, sino para uno mismo. El sufismo es un compromiso individual con Dios y deviene una forma de vida. A la rama salafí del Islam se acogen los grupos islamistas como Boko Haram, una minoría que sin embargo acumula toda la atención mediática y que mientras camuflan sus fines tras motivos religiosos, destruyen la reputación de los musulmanes en todo el mundo.

Muchas personas a las que pregunté sobre el sufismo me respondieron haciendo alusión a un camino, incluso usando como metáfora las diferentes formas que hay de llegar a Barcelona desde Lleida: “se puede coger la nacional, la autovía A2 o la autopista, son tres formas distintas de llegar, pero las tres llevan al mismo puerto. Cada uno elige la que le va mejor”, me decían, haciendo referencia a las distintas Tariqas.

Hablé también sobre el sufismo con un popular cantantautor leridano de origen senegalés, Alu Spear. Me confesó que no es un practicante ferviente, pero que su familia pertenece a la tariqa Tijan. Me dijo que para él ser sufí implica la práctica del amor hacia todo lo creado. Amando todo lo creado y mostrando amor y respeto hacia todo y todos, en todo momento, es la forma de acercarse a Dios. Así él entiende el sufismo, como una expresión y una manera de vivir la vida desde el amor, la paz, la solidaridad y la convivencia.

 

 

 

La referencia al pacifismo fue omnipresente en casi todas las respuestas. Y es que el sufismo es estrictamente un camino de paz y tolerancia: “Cuantas más tiempo dediques a pensar en Dios, menos espacio te queda para pensar cosas malas y pensar mal de los demás”, decía Cheick Fall. “El sufismo es romper el muro que hay entre yo y Dios, es llegar a él no solo desde la oración y la práctica, sino desde la propia emoción y sentimiento” me dijo, y me dio a entender por sus explicaciones y metáforas que ese muro no es más que el ego, que en búsqueda de saciarse de comida, bebida, sexo o popularidad, se aleja del verdadero camino. La moderación es esencial pues, en el camino del sufí y también la no-violencia, el no-juicio, el amor al trabajo, la valentía y resistencia pacíficas, principales enseñanzas de Cheick Amadou Bamba a sus discípulos.

“El Islam es paz. Ser sufí es andar un camino de paz, con uno mismo y con todo el mundo”, me dijo Modou, un chico senegalés con el que coincido a menudo y hablamos de estos temas. Y realmente si algo me atrae de este tema, y del sufismo en particular, es la calma y la paz interior que transmiten los seguidores de esta rama del Islam, al menos aquellos con los que yo me he cruzado.

Helena, una amiga española que se convirtió hace años al Islam y practica la rama sufí Naqshbandi, que cuenta con varias comunidades de fieles en el país, la más grande en la Alpujarra granadina, cuando le pregunté que era para ella el sufismo, me dijo que era prácticamente imposible definirlo en palabras porque es algo que transciende lo intelectual y que escapa al racionalismo, pero que podría decirse que es “algo así como un gps espiritual, una llave que encaja con ciertas partes de mi y me ayuda a abrirme al no-visto, aquello que sucede y que es intangible e inabarcable. Es algo muy potente que requiere de dosis de fe grandes, que solo se alcanzan a través de la experiencia directa, de momentos místicos, de desdoblarte y salirte de tu piel para abrazar lo inabarcable”.

Las metáforas más interesantes, sin embargo, llegaron al momento de preguntar sobre el sufismo africano. Cuando le pregunté a Cheick Fall qué entendía por sufismo africano me dijo: “La religión es como el agua, y el agua no tiene color. Pero el vaso que usas para beber si tiene color. Una persona no nace con la religión, nace con su cultura y tiene una parte grande de su cultura en su interior. Cada uno bebe del agua de la religión con el vaso de su cultura. Nosotros no tenemos que vestir como ellos (los árabes) o llevar barbas largas. Los africanos no tenemos como cultura llevar barbas largas, no es nuestro. Los árabes antes del Islam ya lo tenían, entonces la barba no es Islam, y las ropas largas no es una religión, es una costumbre. La religión impacta en la cultura, te orienta dentro de tu cultura, cambia lo que no está bien y tolera lo que no está ni bien ni mal. Pero la cultura también impacta en la religión. Le da color.”

 

 

 

El Islam llegó a África a través del comercio. Los pueblos de Oriente Medio son conocidos por ser buenos comerciantes, y viajaron por todo el continente. La adaptabilidad del Islam sufí, por su naturaleza mística, hizo que penetrara más fácilmente que otras religiones en África sudsahariana, sincretizando con los ritos y tradiciones que existían previamente en el seno de cada etnia, cada tribu y cada territorio. Así el sufismo y particularmente el sufismo africano está plagado de ritos y símbolos, muchos de los cuales provienen de costumbres anteriores que se han fusionado con el Islam, y algunos elementos del animismo y de tradiciones religiosas anteriores a la llegada del Islam, se han mantenido o adaptado dándole ese particular color, pero manteniendo la esencia.

El sufismo africano da testimonio de la riqueza y diversidad que existe dentro del Islam. El sufismo es más que una doctrina, es una modo de vida que vibra a través de la experiencia individual de cada uno pero con los pies fuertemente arraigados en el Corán. El sufismo africano destaca también por personalidades como Cheick Amadou Bamba, gracias al cual el Islam entró a formar una parte inseparable de la historia de Senegal, convirtiéndolo en un pilar de la lucha contra la colonización y en un símbolo de la resistencia pacífica en África. Símbolos que es necesario recordar y subrayar cada vez que se combinan gratuitamente los conceptos Islam y terrorismo. Y sobretodo, ante el alud de opiniones supuestamente neutrales sobre el Islam y ante el trending topic de la espiritualidad que llena los muros de facebook de sabiduría sufí, no hay que olvidar preguntar también a los musulmanes que opinan ellos sobre su propia fe.

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Todas las imágenes han sido tomadas por Anna Sans y correponden a varias celebraciones de la Cofradia Muride de Lleida.

Anna Sans Llauradó, nacida en un pueblito de la provincia de Lleida, he estudiado fotografía y no he parado de viajar desde entonces. También soy licenciada por partida doble en Comunicación Audiovisual en la universidad de Tarragona y en Antropología Social y Cultural en la universidad de Granada, con un interés centrado en los estudios culturales africanos. Mi intención es tratar de combinar todo este aprendizaje en fotografía, comunicación y antropología para intentar salir de los muros académicos y conseguir una herramienta de divulgación que invite a la reflexión y a la curiosidad sana sobre África y su riqueza cultural, tanto dentro como fuera del continente.

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