Agnés Agboton | Barcelona – Benín

Mi cuento echa a volar, ¡viiiiiiin! hasta encontrarse con un rey: un rey que no conseguía tener descendencia.

Se había casado muchas, muchísimas veces y en su real concesión abundaban las mujeres. Lo intentaba con la una, lo probaba con la otra y por más empeño que pusiera -aquel rey era capaz de empeñarse de veras-, no conseguía que ninguna de ellas quedara encinta.

Por fin, cierto día, vio a una jovencita que le gustó mucho y no dudó en tomarla por esposa. La muchacha se casó con él y compartió su lecho sin que el amor del rey diera tampoco frutos. Al cabo de algún tiempo el rey recibió la visita de un hombre sabio, algo hechicero y conocedor de secretos que a los demás mortales están vedados. Mientras charlaba con su anfitrión, aquel hombre vio pasar a la joven esposa del rey y, dirigiéndose al soberano, preguntó:

          —Esa muchacha con la que te has casado y que acaba de pasar, esa muchacha que ha compartido tu cama, ¿no tiene hijos?

El rey respondió desolado:

          —¡No, no ha tenido hijos, ni tampoco ninguna de las que le han precedido!

El visitante pareció muy extrañado por aquel hecho y prosiguió:

          —No te preocupes, yo lograré que quede encinta. Prepararé algunos remedios con hierbas y corteza de árbol para tu última esposa y, te lo aseguro, de este modo podrá ser madre. Deja que hable con ella y le prepararé, así, la pócima.

          —Haz lo que consideres oportuno, hazlo por mí —le pidió el rey.

Y así se hicieron las cosas. Tras haberse entrevistado con la muchacha, en una zona algo apartada, el visitante pidió hablar de nuevo con el rey y le advirtió:

          —Tu mujer dará sin duda a luz un hijo, y no muy tarde, si preparas la medicina que voy a enseñarte. Pero ten en cuenta que ninguna mujer tendrá que acercarse a ese hijo, ni podrá verlo, ni permanecer a su lado. Si algo así sucede, no lo dudes, tu hijo se marchará como ha llegado, tu hijo morirá.

          —¿Cómo? ¿Así son las cosas? Bueno, bueno, lo he comprendido —respondió el rey.

Cuando el sabio y amable visitante, tras haberse despedido, hubo emprendido ya el camino, el rey ordenó que prepararan de inmediato la poción destinada a su última esposa.

Y la yao, la más joven de las esposas, tras haber compartido de nuevo el lecho del rey cayó encinta. Y su vientre fue hinchándose, hinchándose con el paso del tiempo hasta que por fin, cuando llegó la hora del parto, dio a luz un niño varón.

art-184

Así fueron las cosas, el niño creció al lado de su madre hasta que fue ya un adulto. Su padre, que había visto satisfecho su deseo de tener un heredero, recordó entonces las palabras del sabio curandero porque su hijo había llegado a la edad de que las mujeres se interesaran por él y era un hombre apuesto, alto y fuerte. El rey se apresuró pues a construirle una concesión con dieciséis chozas, apartada de cualquier vecindad, y tras haberle instalado en la última de todas ellas, le preguntó:

          —¿Qué es lo que te gustaría hacer aquí?

El muchacho le respondió que era hábil tallando madera y que quería hacer los mangos de las herramientas que utilizaban los campesinos súbditos del rey, mangos de madera para las azadas que herían la tierra para depositar en ella las simientes, para las azadas que herían la tierra para extraer de ella sus frutos.

El rey dispuso enseguida que se le entregaran las herramientas necesarias para ese tipo de trabajo. Y allí vivía oculto el muchacho, trabajando día tras día, tallando la madera para fabricar aquellos mangos. Sin cesar. Era su única ocupación. Siempre tallando mangos con la hachuela, ¡okpa, kpa, kpa!

Cuando alguien se acercaba a aquella concesión para ofrecer las diversas mercancías que vendía e intentaba verle, jamás lo conseguía, jamás podía ni siquiera divisarlo pues el rey había dado las adecuadas instrucciones y el muchacho se encontraba en lo más apartado del recinto. Incluso cuando llegaba la hora de las comidas, cuando era necesario prepararle los manjares que le gustaban, eran los hombres los que se encargaban de hacerlo, eran muchachos quienes se los servían para que pudiera comer. Nunca mujer alguna ponía los pies en aquella concesión.

Su padre había previsto incluso guardias que se encargaban de alejar a los curiosos. Uno por cada una de las dieciséis chozas que la concesión tenía.

Dieciséis guardias para las dieciséis chozas, y también dieciséis perros para que acompañaran a los guardias. Pero un buen día se acercó a la concesión una vendedora de buñuelos de maíz fermentado, kanan envueltos en hojas de banano, y ofreció su mercancía; tras haberlo hecho, y tal vez enojada porque le impidieran el paso, comentó:

          —¿Y aquél que está allí al fondo, detrás de las chozas, nunca sale para comprar su alimento?

La gente que estaba con ella le respondió:

          —No, este muchacho no compra nunca.

La joven vendedora pareció convencida y se marchó sin decir nada más. Pero algo la reconcomía por dentro y, algunos días después, fue a visitar a un nigromante que sabía leer lo oculto, un bokonon. Una vez ante el hechicero, le dijo:

          —Quiero ver al muchacho que vive en lo más profundo de la más alejada concesión del rey. ¡Quiero ver al hijo del rey! ¡Quiero visitarle! ¿Cómo debo hacerlo?

          —¡Ah! ¿Es cierto eso, de veras quieres verlo? —preguntó a su vez el bokonon.

          —¡Sí, ya lo creo que quiero verlo!

          —¡Está bien! Voy a explicarte cómo debes hacerlo para poder verle: intentarás reunir primero treinta y dos buñuelos de kanan y tomarás también treinta y dos largos huesos; los llevarás contigo cuando vayas de nuevo allí, por la noche. ¡Dieciséis guardias, dieciséis perros, recuerda bien esa cifra! No vas a olvidarla, ¿eh? Y recuerda también que la noche debe estar avanzada.

El bokonon la miró durante un rato a los ojos, para asegurarse de que la voluntad de la muchacha era firme, luego prosiguió:

          —Una vez allí, cuando un perro te ladre, amenazador, tú le arrojarás un kanan, para que así se entretenga comiendo. Mientras esté haciéndolo, avanzarás sin que él te lo impida. Y podrás abatir, uno tras otro, a los guardias dormidos que encuentres a tu paso. Les golpearás con los huesos cubiertos por un polvo especial, extraído de un árbol, que yo voy a darte; si lo haces así se sumirán enseguida en un profundo sueño y podrás pasar, de este modo, ante los perros y los guardias hasta reunirte con él. ¡Ya verás! Pero cuando lo hayas encontrado y hayas hecho, por fin, lo que tanto deseas hacer con él, emprende el camino de regreso y utiliza los restantes buñuelos de kanan. Los guardias no van a despertar, te lo aseguro, pero si por desgracia alguno lo hiciera sabes ya cómo actuar, llevarás contigo huesos suficientes. Aunque no despertarán, de verdad de la buena.

La muchacha fue entonces a preparar sus cosas, teniendo muy en cuenta los consejos del bokonon.

Se procuró una gran calabaza, algunos huesos de buey del tamaño adecuado, cocinó los buñuelos de kanan y los envolvió en hojas de banano. Lo metió luego todo en la calabaza y se la puso en la cabeza.

¡Venga ya, en marcha!

Constance Stuart Larrabee

Y si la hubierais visto partir, ¡era una verdadera alegría! Cómo explicároslo, sus nalgas se estremecían, se movían cantando:

(tres veces)

¡Unas veces me dejo ver abiertamente!

¡Otras retrocedo!

Y su bajo vientre, su entrepierna respondía cantando:

(tres veces)

El hambre llega de lejos, ¡eh, eh!

¡Ya está llegando!

Y sus dientes, a su vez, entonaban otra canción:

(tres veces)

Muerde el ñame para que yo pueda gozar también.

Dulce mujer, muerde el ñame para que yo pueda gozar también.

Todo su cuerpo hablaba de ese modo hasta que pudo cruzar el portal y penetró en la concesión del hijo del rey.

Aunque consiguió ver al joven, éste no le hizo el menor caso. Estaba muy, muy, demasiado ocupado tallando el mango de madera para una azada; no, no le hizo el menor caso.

¿Qué hacer entonces? ¡Hum! Para llamar su atención, para que se fijara en ella, la muchacha comenzó a cantar:

¿Pero no saludas tú a la gente, o qué,

tallador de mangos de madera?

¿No saludas a la gente, o qué?

¡Ay, Yambele, el Escondido, ay!

 ¿No saludas a la gente, o qué,

Yambele, tallador de mangos de madera?

¿No la saludas, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!


—¿Qué? ¿Cómo? —el muchacho levantó un poco la nariz de su trabajo, sólo un breve instante para mirarla y bajó luego, otra vez, los ojos para seguir tallando su madera.

Y la muchacha prosiguió con su canción:

¿Pero no sabes atender a la gente, o qué

gran príncipe?

¿No sabes atenderla, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

¿No sabes atender a la gente, o qué,

Yambele, tallador de mangos de madera?

¿No sabes atenderla, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!


—Aaah, ¿qué significa esta historia? ¿A qué viene eso ahora?

     El joven, afectado por esas palabras, abandonó lo que estaba haciendo, se levantó y atendió a la muchacha. Puso una estera en el suelo, para ella, y se dispuso a seguir con su trabajo.

Pero aquello no le bastó a la muchacha, prosiguió pues:

¿Pero no sabes sentarte junto a la gente, o qué,

gran príncipe?

¿No sabes sentarte a su lado, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

¿No sabes sentarte junto a la gente, o qué,

Yambele, tallador de mangos de madera?

¿No sabes sentarte a su lado, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

¡Ah! El muchacho se levantó pues, se sentó a su lado y la joven siguió cantando para él:

¿Pero no sabes jugar con la gente, o qué,

gran príncipe?

¿No sabes jugar con ella, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

¿No sabes jugar con la gente, o qué,

Yambele, tallador de mangos de madera?

¿No sabes jugar con ella, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

Bueno, bueno, bueno… Comenzó él a acariciarla, pasó sus manos por ella y la muchacha exclamó: ¡Huummmm! Luego, como si no tuviera bastante, prosiguió:

¿Pero no sabes tender a alguien en el suelo, o qué,

gran príncipe?

¿No sabes tenderle en el suelo, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

¿No sabes tender a alguien en el suelo, o qué,

tallador de mangos de madera?

¿No sabes tenderle en el suelo, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

¡Ah, sí! ¡Ya lo creo! Él hizo lo que ella quería y la tendió, la colocó en la estera, pero ella siguió cantando:

¿Pero no sabes cabalgar en el suelo a la gente, o qué,

tallador de mangos de madera?

¿No sabes cabalgarla en el suelo, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

¿No sabes cabalgar en el suelo a la gente, o qué,

tallador de mangos de madera?

¿No sabes cabalgarla en el suelo, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

La cabalgó pues y ella siguió indicándole las cosas y enseñándoselas:

¿Pero no sabes empitonar a alguna en el suelo, o qué,

gran príncipe?

¿No sabes empitonarla en el suelo, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

¿No sabes empitonar a alguna en el suelo, o qué,

Yambele, tallador de mangos de madera?

¿No sabes empitonarla en el suelo, o qué?

¡Ay, Yambele, ay!

El joven bombeó y bombeó hasta que… ¡Ah, morir en ella! ¡Y murió en ella!

Cuando el joven hubo muerto, la muchacha consiguió, con mucho cuidado y muy despacio, sacarle de su vientre y lo tendió con muchas, muchas precauciones, ¡ploom!, luego le cubrió con un paño, tomó su calabaza y se marchó como había venido. Sus nalgas que ahora se movían con mayor tranquilidad y, satisfechas, entonaban de nuevo su mismo canto:

¡Unas veces me dejo ver abiertamente!

¡Otras retrocedo!

Y el bajo vientre, su entrepierna, proseguía como había hecho a la ida:

El hambre llega de lejos, ¡eh, eh!

¡Ya está llegando!

Y los dientes finalizaban por fin cantando su estrofa:

Muerde el ñame para que yo pueda gozar.

Dulce mujer, muerde el ñame para que yo pueda gozar.

Y así inició el regreso, dando los buñuelos kanan a los perros, hasta llegar al decimosexto. Dejó luego a sus espaldas el portal de la concesión. Los guardias no se habían despertado, seguían durmiendo.

Cuando hubo salido, emprendió el camino de su casa y regresó.

Constance Stuart Larrabee

Nació un nuevo día. El sol estaba ya a mitad de su camino.

El rey se extrañó al no escuchar el ruido que, de costumbre, su hijo hacía al tallar los mangos de madera. Tampoco oía a los guardias, porque éstos no habían despertado aún, el polvo con que aquel hechicero había cubierto los huesos de buey era, sin duda, muy poderoso, y aquellos hombres seguían durmiendo despreocupados, sin que pudieran así ir a avisar al rey.

          —¡Ay, ay, ay…! —exclamó muy preocupada la madre del muchacho y, decidiéndose por fin, fue a ver al rey.

          —Cabeza de familia, te saludo, kukale, deseo que te sea grata la estancia; hoy no he oído todavía el ruido que tu hijo hace al trabajar. ¡Nada, desde esta mañana!

El rey hizo llamar de inmediato a los hombres que se encargaban de llevar la comida a su hijo. Cuando llegaron, les preguntó:

          —¿Habéis ido ya, hoy, a visitar a mi joven heredero?

          —No, no hemos ido porque nadie nos ha entregado nada para él.

          —Id entonces a buscar a alguno de los guardias de la concesión.

Uno de los servidores lo hizo enseguida. Fue llamándoles por sus nombres, uno tras otro. Pero no respondían. ¡No despertaban! Por más que les llamaran, por más que les tocaran, no despertaban. El polvo del hechicero era sin duda muy poderoso.

Fue entonces a dar cuenta al rey que le dijo:

          —Dales de bastonazos.

Así lo hizo el servidor, pero aquéllos a quienes el rey había encargado la vigilancia de su hijo seguían bajo el efecto del hechizo. Y, al despertar, lo vieron todo tan borroso durante largo rato que no podían reaccionar.

Transcurrió el tiempo y, por fin, despertaron por completo y fueron a ver al rey.

Éste les hizo una pregunta, una sola:

          —¿Quién ha venido?

          —Nadie, nadie ha venido.

          —¿Que nadie ha venido? ¿Ni siquiera una sola persona? ¿Pero cómo lo sabéis si estabais todos tan dormidos? Id a buscar, pues, a aquél cuya custodia os confié.

Fueron pues a buscar al muchacho. Estaba acostado e inmóvil. Le llamaron por el nombre con el que le conocían: ¡Yambele, el Escondido! ¡Yambele! Pero el joven no respondía. ¡Ay, ay, ay…! ¿Tanto tiempo durmiendo y no despierta? Se acercaron para tocarle y, gritando, echaron a correr para reunirse con el rey.

          —¡Pero bueno! ¿Qué ocurre? —preguntó éste.

          —¡Está muerto!

          —¡Mi hijo está muerto! ¿Que ha muerto? ¿Pero dónde teníais los ojos para que alguien haya podido introducirse allí sin que lo hayáis visto?

          —Nadie ha venido.

          —¿Cómo es eso?

          —¡Nadie, ni una sola persona, ha venido aquí!

          —¿Pero cómo puede ser?

          —Nadie, nadie —respondían todos a la vez.

     El rey gemía desesperado:

          —¡Hum, huuumm! ¿Cómo voy a resolver, ahora, este asunto?

Los sabios, los prudentes ancianos de la región se enteraron del drama y se pusieron de inmediato en camino para ayudar al rey. Al llegar, le dijeron:

          —Sabemos lo que hay que hacer ahora: tenemos que consultar el fa. Sabremos así cuál ha sido la causa de esta tragedia y qué hemos de hacer para remediarla.

Consultaron pues el fa. Fueron a la choza del bokonon y éste inició la consulta, vertió ritualmente el licor de palma para que los antepasados bebieran, tomó los dos rosarios de nueces que utilizaba para hurgar en el pasado y en el futuro:

          —Vais a descubrir ahora si alguien ha estado con el muchacho. Sí, oh rey, lo sabrás si tienes valor bastante y paciencia. Si eres valeroso y haces lo que debes hacer, si entras valientemente en el lugar donde está el cadáver, tu hijo será capaz de regresar a la vida. Podrá resucitar. Pero para eso tienes que elegir muy bien el día. Cuando éste llegue, será preciso cavar un enorme agujero en la plaza del poblado. Luego deben acudir todos, estén donde estén, deben regresar de cualquier parte. Y sentarse allí. También el rey, tú, que eres su padre, tendrás que acomodarte con ellos, y la madre. Iréis entonces a buscar el cadáver de tu hijo para enterrarlo en el agujero que hayas cavado. Cuando esto se haya hecho, tendréis que rodear de leña la fosa y encender una gran hoguera. El fuego tiene que arder con grandes y vivas llamas; entonces, el padre se levantará y valerosamente, sin miedo alguno, se acercará despacio al fuego y penetrará en las llamas. Cuando las haya atravesado, bajará a la tumba… y su hijo se levantará. ¡Volverá a la vida! Si el padre no es capaz de hacerlo, que la madre haga acopio de fuerzas, de voluntad y valor y actúe del mismo modo. Pero, cuando esté en la fosa, tomará la mano de su hijo para levantarle. ¡Así despertará su hijo!

Todos exclamaron:

          —¿Es verdad eso?

          —¡Es verdad, verdad de la buena! —les respondió el bokonon.

Y así lo hicieron. Se dispusieron en efecto a cavar el agujero. Tomaron el cuerpo del joven heredero y lo depositaron en la fosa. Prendieron fuego a su alrededor y las llamas se levantaron y ardieron, ardieron, ardieron… zo zo zo…

Era una enorme hoguera y, entonces, dijeron a los padres del muchacho:

          —Todo está listo, vamos, os toca a vosotros.

El padre se levantó y, tomando la mano de su mujer, le dijo:

          —Ambos tenemos que someternos a la prueba, hagámoslo juntos.

Pero antes de llegar al agujero, el padre comenzó a gritar de miedo:

          —¡Ah, ah ah Heelu, socorro! No puedo pasar por este fuego, oh… Ya engendraré otro hijo. Tal vez el Destino me conceda otro.

La madre tiró de su brazo y comenzó a gritar también:

          —¡Socorro! ¡Si está muerto, que permanezca muerto, que se marche! ¡Ya haremos otro! ¡Nanay!

Y dieron media vuelta. Y fueron a sentarse de nuevo. La madre se echó a llorar. ¡Lloraba y lloraba sin cesar!

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Mientras, la muchacha que le había matado a fuerza de… en fin, a fuerza de… La muchacha que había arrebatado la vida al joven a base de… ¡Bueno!, aquella muchacha pues se arregló y fue al mercado el día de los hechos; compró metros y metros de hermosa tela, para él y para ella. Y mandó que cortaran un hermoso bubú para el príncipe y un bombá para ella. Lo ató todo con un pañolón, hizo un paquete, lo metió en su calabaza y se la puso en la cabeza; regresó luego a la plaza del poblado.

Todo el mundo la veía acercarse hasta que pasó entre la multitud y fue directamente a saludar al rey, diciéndole:

          —N’kan huebio mi os pregunto por la gente de vuestra casa. Saludo a los demás: mi kukale oh, mi kukale oh, que os sea grata la estancia oh, que os sea grata.

Saludó de este modo, ceremoniosa y respetuosamente, a cada uno de los grupos que había en la plaza del poblado. Y la gente no hacía más que mirarla hasta que la muchacha acabó depositando la calabaza que había utilizado para matar al joven a los pies de su padre, tomó el paquete en sus manos y cantó:

(bis)

¡El asunto sólo puede ser cosa de valor y de audacia!

¿No me corresponde a mí acercarme al fuego?

¡El asunto sólo puede ser cosa de valor y de audacia!

¿No me corresponde a mí acercarme al fuego?

¡Al padre le fue imposible hacerlo, imposible!

Ese padre que golpeó, sin embargo, en plena noche, con su ariete, debía hacerlo.

Pero fue imposible, imposible.

¿Me comprendéis, sabios jefes?

¡A la madre le fue imposible hacerlo, imposible.

Esa madre que, luego, durmió plácida toda la noche,

debió hacerlo.

Pero fue imposible, imposible.

¿Me comprendéis, sabios jefes?

 ¡El asunto sólo puede ser cosa de valor y audacia!

¿No me corresponde, acaso, acercarme al fuego pues?

¡el asunto sólo puede ser cosa de valor y de audacia¡

¿Me comprendéis, sabios jefes?

¡Ah! Todo el mundo no hacía más que seguir con la mirada a la muchacha mientras, cantando aquellas palabras, se acercaba al fuego que iba abriéndose a medida que ella avanzaba. Consiguió así atravesarlo por completo y entrar en la fosa. En cuanto estuvo en el agujero, golpeó al muchacho con sus propias manos para que despertara:

          —¡Yambele, el Escondido, Yambele!

Y el joven despertó y abrió los ojos.

          —En pie, ponte en pie. ¡Levántate! Nada es posible. ¡Ni siquiera esto!

Y el muchacho se levantó, la joven le vistió con su hermoso bubú y también ella se puso las hermosas ropas que había adquirido.

Y, disponiéndose a salir de aquella fosa, volvió a entonar su canto:

¡Al padre le fue imposible hacerlo, imposible…!

¡A la madre le fue imposible hacerlo, imposible.

 ¡El asunto sólo puede ser cosa de valor y audacia!

¿No me corresponde, acaso, acercarme al fuego pues?

¡El asunto sólo puede ser cosa de valor y audacia!

¿Me comprendéis, sabios jefes?

Cuando hubieron salido, tras atravesar el fuego, todos los que estaban observando se sorprendieron. El padre se levantó y abrazó a su hijo. Todo el mundo rodeaba al muchacho, aquel joven que había regresado de la muerte.

          —¿Pero cómo?

Entonces la joven se inclinó en medio de todos ellos y dijo:

          —Es cierto, ésa es la pura verdad. Cuando ofrecía mi mercancía, mis buñuelos de kanan y me acercaba por aquí, cuando decía que deseaba ver a la persona que estaba en la última choza, siempre me decíais que no. ¡Siempre no! Yo quiero verle…Y vosotros os negáis. Quiero conocerle y me lo impedís… Por eso fui a consultar el fa y me lo dijeron entonces: haz eso, haz aquello… Y eso hice… Todo despacio, feliz porque iba a reunirme con él donde se encontraba. Por desgracia, vuestro hijo murió sobre mí, en mis brazos. Pero yo sabía que las cosas no debían ser así, puesto que deseaba y deseo, a toda costa, ser su mujer, ser su esposa. Y a causa de eso había muerto, y así lo había yo matado al acostarme con él. ¡No podía ser de otro modo! Seré su esposa. Soy su esposa.

Cuando uno se ha casado con una mujer y ha tenido con ella hijos, cuando los ha puesto en este mundo, no puede, no debe ocultarlos luego en lo más hondo de cualquier parte.

Y así termina mi cuento. A vosotros os toca ahora contar el vuestro.

Constance Stuart Larrabee

Zemi Kede -Eros en las narraciones africanas de tradición oral-, (José J. Olañeta Editor, Palma, julio 2011).

© Imágenes de Constance Stuart Larrabee

Agnés Agboton (Porto Novo, 1960) | Nacida en Benín, escribe en sus lenguas maternas, el gun y el francés, y en las lenguas que aprendió en su juventud al llegar a Barcelona a los 17 años: el catalán y el castellano. Desde 1990 actúa como narradora en escuelas, bibliotecas e instituciones culturales, poniendo al alcance del público catalán y español las leyendas y cuentos tradicionales de su pueblo y del continente africano. Sobre estos temas cuenta ya con varias publicaciones.

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