Tania Adam - Barcelona

Los residuos coloniales siguen tatuados
en nuestras ciudades;
edificios,
calles,
museos,
estatuas…
en nuestras relaciones.
Estableciendo así,
de manera sutil,
el poder de unos sobre otros.
Emergiendo así,
de manera sutil,
la imposibilidad de la igualdad.
Parece ser que no hay pastel para todos.

Parece que el colonialismo ha calado en los discursos públicos, y va en aumento, igual que su instrumentalización. Está de moda. Hace poco tiempo intervine en un acto en el que una de las participantes recordó la importancia de hablar del colonialismo y el antirracismo en la institución que dirige. No entró en disquisiciones, pues sabemos que allí poco se reflexiona en torno a la colonialidad, pero ella entendió la importancia de la mención. Días después, volvió a sorprenderme otro alegato que aludía, a modo de coletilla y desde el más absoluto vacío, a la necesidad de abordar el colonialismo en las políticas interculturales. Más tarde asistí a actos plagados de público: la visita guiada a la exposición de la artista peruana Daniela Ortiz, Esta tierra jamás será fértil por haber parido colonos, en La Virreina Centre de la Imatge, y el seminario Modalidad e iniciativas de desagravio, restitución y reparaciones, en la Fundación Tàpies, a partir de la exposición Errata de Ariella Aïsha Azoula.

No me cabe la menor duda que cada semana tienen lugar eventos donde se cuestiona la colonialidad. Este resurgir enuncia heridas abiertas y manifiesta, por una parte, que la “voluntad de poder” y el dominio sobre los pueblos que se consideraron “inferiores” sigue vigente; y por otra, que se ha creado una contraréplica a través de los hijos de las diásporas postcoloniales. El mismo nacionalismo que llevó a someter a otros, y que condujo a una política de prestigio en la que todos los países competían por el reparto del mundo, hoy funciona levantando fronteras y limitando derechos ciudadanía a los inmigrantes. Derechos que Europa consiguió a golpe de armas hasta controlar el 60% del territorio mundial, ofreciendo la posibilidad de ir rellenando mapas en blanco y de crear riquezas a costa de la tiranía.

Aunque inaceptable, la historia colonial es un reflejo de las relaciones humanas basadas en el autoritarismo, la imposición de poder, la anulación y el olvido de los demás…. Sin embargo, conviene remarcar que la crueldad del imperio europeo sigue afectando a la vida y la agenda de millones de personas. Es más, me atrevería a decir que las tinieblas de nuestros días acaecen como una vendetta del pasado, haciendo resurgir el rastro colonial que está en el cemento que cubre nuestras ciudades, en las placas que nombran las calles, en las estatuas que aclaman héroes con las manos manchadas de sangre. Por lo tanto, no existe la posibilidad del borrón y cuenta nueva ante episodios de opresión tan brutales como la esclavitud o la colonialidad, ya que las relaciones de poder del presente están subyugadas por ese pasado de opresión y discriminación racial. El dominio político y militar que los europeos desplegaron para garantizar la explotación del trabajo y las riquezas de las colonias en beneficio propio, han tenido unas consecuencias que no pueden esfumarse de cualquier manera.

Entonces, en esta era neocolonial en la que vivimos, proliferan las voces que ponen de relieve cómo la historia colonial contemporánea ha sido uno de los traumas sociales más invisibilizados de nuestro tiempo. Porque, aunque parezca que el colonialismo finalizó, vivimos inmersos en la complejidad de una colonialidad que opera bajo los mismos patrones, que naturaliza las jerarquías territoriales, raciales, culturales y epistémicas, posibilitando así la reproducción de unos mismos lazos de dominación. O dicho de otra manera, en Europa existe una continuidad colonial respecto a la construcción de “El otro”. Tal como defiende Yolanda Aixelà Cabrer en su libro La gestión de la diversidad religiosa, étnica y cultural en Europa en el S.XXI, las políticas de diversidad europeas son un espejismo colonial, pues se basan en las mismas políticas que aplicaron en los territorios coloniales. ¿Cómo desprendernos de este lastre para encarar la difícil tarea de crear ciudadanía en momentos de opacidades?

Frente a la urgencia por mantener estos residuos coloniales ocultos y marginados, cada vez suceden más proyectos, acciones o gestos que desestabilizan las narrativas oficiales y los órdenes normativos del recuerdo, excavando experiencias silenciadas y reactivando luchas enterradas. El escritor mozambiqueño Mia Couto considera que “ahora es el momento de contar nuestras historias. Hasta ahora el colonizador europeo es quién ha contado la Historia”. Él, que formó parte de un proceso de descolonización armada, entiende como pocos la complejidad de los dispositivos coloniales, así como las relaciones de familiaridad o de difícil ruptura entre colono y colonizado. En cualquier caso, esto no nos impide recuperar la dignidad robada, el pasado no contado y censurado, la voluntad de sanar el trauma social para afrontar y participar de manera activa en posibles futuros.

En este sentido, no dejo de celebrar que la denuncia colonial se haya convertido en una tendencia, pese a que me aflija cuando se aclama desde la superficialidad, algo tan dañino como su omisión. A mi entender, hablar de colonialidad o decolonialidad, es hablar de compromiso con la evolución de las sociedades actuales inmersas en su mayoría en crisis nacionales. Es hablar de reparaciones, restituciones y de revisiones de los vínculos de poder que se perpetúan desde la era colonial. Se trata de un compromiso que entraña múltiples negociaciones ante las desigualdades. Supone entender diferentes experiencias de colonización, de Marruecos a Sudáfrica, de México a Argentina o de India a Nueva Zelanda.

Las clases subalternas han perdido el miedo a hablar, pero su rebrote identitario y sus estrategias de representación incomodan, irritan porque desde ahí se ejerce una crítica feroz a los espacios normativos, que a su vez responden con impugnaciones y quejas frente a un supuesto exceso de “radicalidad”, advirtiéndonos que hay volver a lo que “éramos antes”, pero ¿qué éramos?

Hay un sector de esta sociedad que no admite actos emancipatorios. Por otro lado, la institucionalización del discurso antagonista es peligrosa si lo que pretende es conseguir atención pública sin ningún objetivo transformador. Lo que me hace pensar que la colonialidad transformada en prótesis crítica produce un estado de banalidad simbólica que incita a estrategias de neutralización y rechazo de la disidencia.

Ahora más que nunca necesitamos lucidez y compromiso para hacer frente a aquellos relatos políticos que criminalizan la alteridad, las migraciones y las acciones de emancipación. No es momento de versiones simplificadas del pasado y de la realidad. Tampoco es tiempo de esencialismos que fomenten relaciones polarizadas. Porque el totalitarismo no solo se está imponiendo en las fronteras, sino también dentro de nuestras ciudades, en nuestros entornos privados. Como bien denuncia Emmanuel Rodríguez desde su artículo “España para los españoles o el fin de Europa” se está propiciando un sistema de apartheid interno.

Ante esta situación, ante las leyes y estados cada vez más escépticos y más beligerantes con la diversidad no podemos quedarnos observando, reprimiendo nuestros discursos para que no nos acusen de radicales. Mientras, la guerra continúa en la calle, alimentada por los partidos extremistas (o no), que nutren sus filas de caras de distintos colores, como si eso les legitimase ante leyes y retóricas anti-migrantes. Es una nueva colonización, una nueva conquista que nos arrojará de nuevo hacia el corazón de las tinieblas. Necesitaremos fuerzas para afrontar la complejidad de los tiempos. Ya lo decía Marlow “La conquista de la tierra… consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las nuestras”.

© Alexandre Delcommune

Tania Adam (Maputo, 1979) | fundadora y editora ed radio africa magazine. Alter ego musical: Safura tania@radioafricamagazine.com * @TaniaSafuraAdam

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