Carlos Delclós – Barcelona

Hablemos del último disco de Kendrick Lamar. Lo sé, salió hace cuatro meses, que en el paisaje mediático actual es una eternidad. Pero me molesta que se repita que un disco “da mucho que hablar” y que la conversación se quede ahí, convirtiendo los contenidos supuestamente controvertidos en un elemento más de marketing al uso. Y el caso es que DAMN. da mucho que hablar en un sentido bastante literal: hay mucho material que desempaquetar.

La densidad lírica de Lamar no tiene precedentes en la música popular. Las torrentes de sílabas que suelta serían simplemente imposibles de escuchar si no fuera por la musicalidad virtuosa con la que las pronuncia. Sin embargo, hasta hace poco, mi admiración por su trabajo se quedaba ahí, en sus formidables habilidades técnicas. Su mensaje, en cambio, me producía cierto rechazo. Al establishment estadounidense le encanta hablar de cómo un chaval negro pudo superar las dificultades impuestas por el supremacismo blanco gracias a la disciplina moral y el amor incondicional de sus padres.

En este contexto, un disco como good kid, m.A.A.d City tiene el paradójico efecto de interpelar a quienes sufren la realidad de los barrios más desposeídos sin dejar de gustar entre quienes suscriben a las hipótesis del famoso Informe Moynihan de 1965, que atribuía el crimen y las desigualdades en los barrios negros a las supuestas “patologías” de las familias negras. Por muy potente que fuera el relato de Lamar, no se escapaba de una dinámica perversa en la que las historias de perseverancia individual suelen ser aprovechadas por el racismo estructural para culpar a las víctimas de su opresión.

Pero mi opinión sobre el trabajo de Lamar empezó a cambiar con To Pimp a Butterfly. Muchos celebraron la influencia del jazz y el funk de los años 70 en su sonido, pero el conservadurismo que implica recurrir a estos estilos para darle aires de madurez a la obra de un artista joven me echaba para atrás. Lo que más me impresionó fue la profundidad de su lírica en temas como “The Blacker the Berry” o “Alright”, que se convertirían en auténticos himnos del #BlackLivesMatter. Este era un Kendrick más combativo, con la mirada fijada no solo en su experiencia individual, sino también en el mundo y la industria que le rodeaban. Mi perspectiva acabó de cambiar cuando una amiga me preguntó sobre el giro que había dado en las letras de DAMN.

“¿A qué te refieres?” le pregunté.

“Pues a que, en vez de machacarnos con el cristianismo, como antes, ahora nos machaca con el rollo de los Black Hebrew Israelites,” me contestó. Estaba algo molesta.

No lo había pillado y, cuando me lo dijo, dudé de que fuera cierto. En los últimos años, este grupo religioso ha sido clasificado por el Southern Poverty Law Center como un grupo de odio, como también lo han sido el New Black Panther Party y la Nation of Islam. Clasificación como mínimo problemática, ya que equivale a estas organizaciones con grupos como el Klu Klux Klan, que han asesinado a miles de personas. En cualquier caso, me extrañaba que Lamar adoptara una perspectiva tan antagonista, cuando siempre había expresado sus creencias en términos “buenistas”. Pensaba que mi amiga exageraba, que algo le habría ofendido y que la comparación era una manera de tachar de “odio hacia los blancos” lo que seguramente había sido un discurso de orgullo negro.

Pero resulta que Lamar es bastante explícito. “Soy israelita, no me llames negro ya,” dice, sobre una base lánguida y onírica en YAH. A lo largo de DAMN., hace varias referencias a su primo Carl Duckworth, miembro de la congregación neoyorquina Israel United in Christ. Hacia el final del disco, oímos un mensaje de voz suyo, en el que interpreta un verso del libro de Deuteronomio. Según Duckworth, y de acuerdo con la teología de los Black Hebrew Israelites, las personas negras, latinas e indígenas son el verdadero pueblo israelita, condenado a perder la identidad y a sufrir, tanto en el campo como en la ciudad, bajo la tiranía del supremacismo blanco codificado como Cristianismo. Quizás sea ésta la razón por la que el título del disco se traduce como “MALDICIÓN.”

Kendrik Lamar

Evidentemente, que Lamar utilice su licencia poética para integrar algunas de estas ideas en su obra no significa que sea miembro de los Black Hebrew Israelites. De hecho, antes de declararse israelita en YAH., dice que “no es político, ni le va la religión”. Aunque lo fuera, tampoco es lo que me interesa aquí. Lo que sí me parece destacable es cómo, al incorporar las ideas de un grupo que genera tanta incomodidad entre los blancos, rompe con las expectativas que había generado en torno a su figura, subvirtiendo la inocencia que se le atribuía e introduciendo un elemento de peligrosidad.

En este sentido, se puede decir que Lamar retrata un cambio en la dinámica de tensión entre el supremacismo blanco y las luchas de las comunidades negras estadounidenses. En la década posterior al final de la segregación racial formal, la principal preocupación de las fuerzas de orden y seguridad estadounidenses era un Black Panther Party armado que se identificaba como marxista y se solidarizaba con las luchas del llamado tercer mundo. Hoy, en cambio, cuando un gringo blanco señala el peligro de radicalización en la comunidad negra, apunta a organizaciones espirituales como los Black Hebrew Israelites o la Nation of Islam.

No es por casualidad. Con sus mitologías alternativas, arraigadas en ese espacio cultural que Paul Gilroy denominó el Atlántico negro, lo que encarnan estas organizaciones es una ruptura epistemológica que rechaza prácticamente todos los términos del orden social racista. Y la perplejidad que despiertan en quienes las perciben desde fuera se traduce, a menudo, en acusaciones de nihilismo o antipolítica.

Quizás el teórico social Calvin Warren estaría de acuerdo con esto último. En su ensayo Black Nihilism and the Politics of Hope, Warren mantiene que la política se reproduce a partir de las esperanzas depositadas en la posibilidad de integrar las vidas negras en un orden social imposible. La única salida posible, dice, es la “apostasía política”, practicada desde un nihilismo negro que concibe la política como una contaminación de lo espiritual.

Desde esta perspectiva, el empeño de Kendrick Lamar en responder a las preguntas políticas desde su propia interioridad espiritual cobra un significado doblemente profundo. No es que evite mojarse. Rechaza los términos del debate y plantea otros. Con DAMN., ha grabado un disco que no se dirige a todos los públicos, sino a aquellos que, al contemplar lo sublime ante la realidad que nos envuelve, se preguntan:

“¿Es maldad? ¿Es debilidad?
Tú decides,
¿viveremos o moriremos?
“BLOOD.”, Kendrick Lamar

*****

Carlos Delclós es sociólogo, escritor y miembro del colectivo editorial de Roar Magazine. Tejano de padres españoles, es el autor de Hope is a Promise: From the Indignados to the Rise of Podemos in Spain (Zed Books) y escribe sobre trabajo, política, cultura e informalidad en la ciudad para publicaciones como Jacobin, Opendemocaracy.net, Roar Magazine, Eldiario.es, El Crític y Diari Ara, entre otros.

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