Traducción de Gerard Casas

Moses Kilolo – Nairobi | Elliot apaga el volumen del televisor y renuncia a la comodidad del sofá al incorporarse para leer un mensaje. Es Awinja, le invita a salir. Ahora mismo iría a chillarle al soldador de al lado de su piso de Roysambu, en la calle Thika, pero opta por soltar un par de tacos en voz baja. No puede dejar de pensar. Su Samsung Galaxy Trend empieza a pesarle más cuando recuerda el tono de voz suave de Mulatwa. El sudor de la palma de la mano y los dedos humedecen la pantalla táctil, pero él sigue desplazando la pantalla en búsqueda de algún contacto prometedor. Excepto Aggy, su hermana, parece que durante el último mes habrá llamado a casi todos sus contactos. Elliot siempre anda pidiendo ceros, una cifra a la que parece haberse aficionado, por la facilidad con que la nombra cuando está falto de dinero.

El miedo se convierte en un demonio sofocante para su alma temeraria cuando se decide a llamar a Mulatwa. Nunca siente miedo cuando sale por las noches a pasear por las calles de Nairobi en busca de algo a lo que llamar “hogar”.

Últimamente sus días se han visto enturbiados por cierto odio hacia él mismo, después de haber repartido su diploma en comercio internacional en mil y una oficinas. Ahora bien, las mejores horas del día empiezan cuando la ciudad parece sepultada en una especie de sueño: ese momento en el que sólo los insomnes, los funcionarios barrigones, desesperados por amor, al volante de Toyotas y Mercedes, las chicas semidesnudas y los jóvenes sin techo controlan las calles. Cada uno anda buscando su propia ración de libertad y espacio nocturno, que sólo pueden interrumpir las patrullas de Askaris. Pero ni en esos momentos existe el miedo. De golpe, Elliot queda inmóvil tras apretar la tecla verde para llamar a ese hombre al que llama hermano.

Se levanta del sofá y, sin querer, tumba el cenicero de camino a la habitación. Sólo piensa en cambiarse de ropa y echarse media botella de “Yardley Legacy para Hombres”. Su fragancia es lo primero en lo que se fijó Awinja, cuando se le acercó a hablar un viernes por la noche mientras él se fumaba un porro en la puerta del bar Gipsy. Justamente ese día había discutido con su jefe porque este no había querido hacerle fijo después de siete meses, así que había vuelto a sus porros porque las caladas le ayudaban a crearse un universo en el que todo le parecía gracioso.

Todo excepto los dos eructos que soltó Awinja esa noche y que les envolvieron en aliento podrido. Aunque el disgusto duró apenas pocos segundos. Awinja se le tiró encima como si se conocieran de toda la vida. Elliot podía sentir la suavidad de sus exuberantes pechos contra su cuerpo y su barbilla clavada en su cuello. Entonces ella le pasó las manos por la nuca hasta que le resbalaron y se cayó hacia atrás. Él corrió a sujetarla y la mano le quedó encajada justo por encima de su cintura, que, a la vista, se dibujaba como una delicada curva de piel, su fina piel. Por un instante, sus ojos se encontraron bajo las luces coloridas del bar Gipsy. Las manos de Elliot le hacían sentir frágil. Sus ojazos marrones parecían húmedos, pero ni se acordaba de que un rato antes había estado llorando. Lejos de que su borrachera eclipsara el momento, ambos emanaban tanta luz que parecían capaces de traspasar cualquier barrera física para llegarse al alma.

Awinja no le quitó el ojo en toda la noche. Sentados en la entrada del edificio de al lado, ella revolvía su bolso en búsqueda de un cigarro que él se prestó a encenderle. Lo contempló embobada durante un buen rato, incluso en los momentos en los que él apartaba la mirada y se enderezaba. Al final, ella le dio una larga calada al porro y dejó que el humo escapara libremente de la boca. Entonces le hizo recostarse dando un par de golpes secos en el escalón con la mano derecha. Elliot miraba a las parejas de chicos y chicas de su alrededor, cogidos de la mano, algunos ni se aguantaban de pie, casi inmóviles de la borrachera. En otra esquina había dos chicas besándose y un chico que insultaba por teléfono. Se sentó. Awinja le acercó la nariz a la camiseta y le olió breve e intensamente su suave perfume. Sonrió, apartó la mirada e hizo que Elliot se encogiera. Discretamente, él se acercó la nariz al hombro izquierdo e inhaló fuerte.

— ¿Quién eres? —preguntó ella.

—Elliot —respondió.

—¿Elliot? ¿Como el poeta?

—Más bien como un aspirante a rapero. Soy de Nueva York, estoy pasando unos meses en Nairobi. Vuelvo en Enero.

—Hueles muy bien, Elliot —soltó ella.

Ornamentarse con perfume es algo que George Mulatwa consideraba infantil, poco atractivo. Quizá era lo único que era capaz de odiar tanto como que le mintieran, algo que a Elliot se le daba muy bien hacer. Claro que oler bien y sentirse fresco estando al lado de su ligue era mucho más importante que cualquier verdad que pudiera acercarle a su hermano.

Se mete en la ducha y se queda un rato bajo el chorro de agua caliente. Cierra los ojos para quitarse de la cabeza la imagen de Mulatwa. Sólo le apetece pensar en los buenos momentos que pasó con Awinja, cuando curraba en el banco del barrio con un contrato de tres meses hasta el día en que le dijeron que ya no podían seguir pagándole. Después de algunos contratos más en otros bancos, en ONGs, en la Academia… la palabra contrato solía dejarle con un mal sabor de boca.

El agua le cae rápidamente por el costado y, sin apenas enjabonarse el cuerpo ni lavarse los pies, sale de la ducha. Se viste deprisa y corriendo combinando una larga camiseta blanca con unos tejanos azul desgastado. Los zapatos son su toque personal. Elliot suele pasarse por Mr Price y Avilas para buscar las últimas tendencias; de hecho, todos los primeros viernes de cada mes se levanta a las cinco de la mañana para llegar justo antes de que abran los primeros puestos del mercadillo de Gikomba. Teniendo en cuenta que es el paraíso de las falsificaciones, siempre se encuentran cosas chulas en buen estado. Además, Elliot siempre tiene suerte; aunque luego le cueste explicar a Awinja dónde cae exactamente la tienda de Westlands dónde ha adquirido cada modelo. Hoy lleva unos Salvatore Ferragamo Italia. Intenta pegar la etiqueta suelta con super glue, pero entonces se le agrieta. Está demasiado impaciente como para juntar las dos mitades correctamente, así que lo deja estar.

Elliot se perfuma las axilas delante del espejo, pero sólo lo justo para que la fragancia lo envuelva ligeramente.

Toma el camino que une la parte antigua de Roysambu con la nueva. A ambos lados del paseo del Centro Comercial Thika, apenas a cinco minutos andando de su casa, ve a gente que conoce y, aunque siente que debería hacerlo, no se detiene a saludarles. Cada paso que da le acerca más a George Mulatwa.

Accede al centro comercial por la puerta de atrás. Se oye un ligero tatareo en la zona de restaurantes, a su derecha, que está a rebosar de familias y parejas fortaleciendo sus vínculos vitales a base de decisiones gastronómicas. No hay ni un alma en el bar Persia ni en el Sheesha Lounge, como si se estuvieran preparando a conciencia para la noche en la que reviven. En la segunda planta del centro comercial hay varias tiendas, pero ya apenas se fija en la tienda de deportes ni en Elite Digital, donde tienen los artículos más caros de la marca Apple. Sólo espera encontrar a Mulatwa en el trabajo, así que va directo hacia el tercer mostrador del pasillo. Mulatwa lo ve y le saluda, pero en seguida se apresura en atender a un cliente que busca la última temporada de Juego de Tronos. Mulatwa tiene una forma de sonreír que hace que le brille el rostro y que sus mofletes parezcan un tanto grasientos. Dos chicas están ojeando los posters mientras hacen su pedido. Cada dos por tres, miran a Elliot para sonreírle.

Por fin, Mulatwa atiende a Elliot como si estuviera repitiendo un monólogo grabado en su cabeza.

—He decidido conseguir algo de pasta para hacer crecer la tienda. Que le den a la Kenia de los grandes negocios. Me las apañaré yo mismo. Y cuento contigo, tío; así que págame lo que me debes, ahora. Ya ha pasado demasiado tiempo.

—¿Cuánta pasta quieres conseguir?

—Tres cientos mil. He encontrado un chollo para quedarme con un local más grande que queda libre en el centro comercial el mes que viene. Tío, creo que es un espacio genial para tirar adelante este negocio. Y tú tienes mis quince mil.

—Joder, Mulatwa, ya te conté cuál es mi situación laboral.

Justo en ese momento suena el teléfono de Elliot y le invade un profundo sentimiento de tristeza y confusión al recordar que ya le había soplado a Mulatwa que había conseguido un curro bien pagado a través de los contactos de su padre.

El teléfono vuelve a sonar. Es Awinja. No coge la llamada, a la que siguen varios mensajes. Dice que si no está listo en una hora, se marchará con sus amigas a un cumpleaños fuera de la ciudad.

—Óyeme, Mulatwa, necesito que me dejes cinco mil urgentemente. Nada más y nada menos que cinco mil: cinco cero, cero, cero. Mi jefe no me pagará hasta el veintiocho y por entonces ya no me quedarán ahorros. Ya lo arreglaremos luego.

—¿Me estás pidiendo cinco mil? ¿Ahora mismo?

Mulatwa hace un gesto con la cabeza, sube el tono de voz y atrae la atención de las chicas que antes miraban los zapatos de Elliot.

—Ni de coña, tío. Apenas podré pasarle un céntimo a mi madre hasta que cierre el trato con la nueva tienda. ¿Queda claro, no? Ah, además tú me debes quince mil.

—¡Ya te vale, tío! —resopla Elliot.

Se marcha a toda prisa, sin importarle lo que Mulatwa le está diciendo ni las risitas que, según él, le dedican cada una de las personas con las que se encuentra.

Intenta llamar a Peter, su taxista habitual, pero se da cuenta de que no le queda saldo en el móvil. Por suerte, consigue un avance de saldo usando el servicio okoa jahazi de Safaricom y da las gracias al universo por estos pequeños milagros. Elliot ha hecho negocios con Peter en varias ocasiones y, además sabe cómo gestionar las épocas de crisis.

Peter aparca en casa de Awinja y Elliot se queda en el coche.

—Cariño, estoy abajo —dice Elliot por teléfono.

—Dame un minuto y salgo, amor

Elliot se pasa casi cuarenta y cinco minutos negociando el precio del trayecto para tener a Peter entretenido. Cada minuto que transcurre enfurece más a Peter, harto de tener que estar esperando y negociando al mismo tiempo. Al final, acepta tres mil. Se marchará a hacer otro trayecto y les recogerá cuando terminen de beber. A Elliot le parece bien. Una mitad ahora y la otra luego, y punto, ordena Peter.

Awinja sale con Carol, una amiga que Elliot vio sólo aquel día de frío que salieron a la calle en pantalón corto. Algunos de los chicos sentados fuera de la tienda de Sam dejan de hablar y les echan el ojo. Incluso las mujeres que vuelven del mítico economato Mama Mboga las miran. Awinja lleva unos tacones altos, los que le trajeron de París sus padres, con quien se ve una vez cada tantos años. Camina dando pasos largos pero firmes y ella misma se abre la puerta antes de que Elliot pueda hacerlo.

En el coche, las chicas apenas hacen a Elliot partícipe de su conversación, más allá del típico ‘¿No crees, cariño?’ que le suelta Awinja alguna que otra vez. No se cansan de analizar los programas de televisión y cada una de las desventuras del famoseo local. Cada vez que Elliot se gira le da la sensación de que Carol le sonríe mientras sube la pierna ligeramente, como invitándole a mirarle la entrepierna. Llegan al centro comercial Mountain en diez minutos. Elliot se entretiene hablando con Peter durante un rato. Cogen el ascensor hasta la tercera planta, donde se encuentra el club Comfort, y se sientan en una mesa cerca de la pista de baile.

Elliot se levanta y camina hacia el camarero que les ha tomado nota, con quien mantiene una conversación que se alarga y se anima más de lo necesario. Cuando se sienta, el teléfono empieza a sonarle. Se mete la mano en el bolsillo y desvía la llamada, pero Awinja se lo coge.

—¿Pero qué coño haces? ¿Por qué no coges la llamada del taxista?

Su voz es más bien de sorpresa que de enfado. Elliot se disculpa y baja a ver a Peter, que se encuentra fuera del coche, todavía ataviado en esa camiseta verde que le hace parecer un niño en versión grande.

—Quiero mi pasta ahora. Y no me hagas esperar más, tengo curro por hacer.

—Relájate, Peter. Relájate.

Elliot le coge de la mano y se apartan, aun si no hay nadie más a su alrededor que pudiese estar escuchándoles. Mantienen una conversación larga en la que Elliot escupe palabras en un kikuyu sin adulterar. Peter piensa que incluso puede que sean del mismo pueblo.

—Te entiendo —dice Peter— pero tengo trabajo y no puedo pasarme toda la noche aquí esperándote.

—Vale, pues entonces llévanos a Westlands. Una vez allí te pagaré el servicio de toda la noche. Este cajero no funciona.

Elliot entra para intentar sacar a Awinja de la pista de baile, pero ella se resiste, mientras, prácticamente colgada del tipo barrigón con el que está bailando, intenta alcanzar el abultado monedero del bolsillo trasero del pantalón. El hombre le susurra al oído y ella no deja de sonreírle mientras intenta apartar a Elliot. Cuando salen, Awinja le da un trago a la bebida y mueve la cabeza. El camarero sigue persiguiendo a Elliot con la cuenta, así que pide a Carol que se ocupe de llevarse a Awinja afuera. Elliot se encuentra con las chicas casi veinte minutos más tarde.

—¿Qué está pasando, Elliot?— grita Awinja— ¿Qué es todo este secretismo de mierda en el que nos estás metiendo, tío?

Awinja le coge la mano.

—Dímelo. Dime qué coño está pasando.

—Vayámonos a Westlands, ¿vale? El ambiente mola más allí.

En Westlands, las chicas se quedan esperando en la planta de arriba, en el Aqua Club. Carol se avalancha a la pista de baile y empieza a mover el culo como si fuera una de esas bailarinas ordinarias que salen en la tele bailando la canción German Juice. Awinja se sienta en la zona VIP y pide una copa de vino tinto. Cuando Elliot vuelve a bajar para hablar con Peter, se lo encuentra intentando entrar entre los dos porteros.

—Ey, qué pasa tíos. Es mi taxista favorito, ya me ocupo yo de él.

Elliot habla con un acento exagerado, una especie de copia patética del inglés chungo de los raperos americanos. Ahora es Peter quien le está gritando palabras en kikuyu, tan enfadado que apenas se le entiende. Elliot intenta apartarlo pero Peter no deja de gritarle.

—Espera, espera, Peter. Mira, te doy mi móvil y me lo devuelves mañana cuando te pague. ¿Vale?

—¿Tu teléfono? ¡No quiero tu teléfono! ¡Quiero mi pasta, colega! ¿Acaso tengo que recordarte que el mes pasado ya estuviste una semana sin pagarme?

—¡Que te jodan, Peter!

—¡No me insultes, imbécil!

—Tío, somos colegas. Mi teléfono vale cuarenta y nueve mil. Crees que…

—A ver, déjamelo ver.

Peter lo coge y se marcha. Elliot queda inmóvil durante un minuto. Cuando se gira, se da cuenta de que Awinja está allí mirándole, encendida del enfado. Carol está detrás de Awinja poniendo mala cara.

—¿Qué está pasando? —pregunta Awinja.

—Nada, nada —dice Elliot con voz entrecortada— ¿Cómo es que no estáis arriba bebiendo?

—La camarera ha traído la cuenta. Dice que no quiere oír que eres tú el que paga, que ya tienes una deuda de la semana pasada, y otra de la anterior.

—¿Una deuda?

—Pero tío, ¿quién coño tiene una deuda en un garito?

—Espera, espera. Creo que ha habido un malentendido.

—Muy bien. ¿Y por qué se ha ido Peter? ¿Por qué se ha llevado tu móvil?

—Escucha, cariño. No me ha entrado la pasta que esperaba.

Awinja se marcha y Elliot la sigue, intentando cogerla de la mano sin que le importen demasiado los juerguistas que ya han empezado a cotillear.

—Quiero irme a casa —dice Awinja— Por favor, pídeme un taxi.

—Estaba pensando que igual deberíamos coger primero un matatu hasta el centro y de ahí cogemos un taxi hasta tu casa.

—¿Cómo? ¿En un matatu? Te piensas que me he arreglado así para terminar montada en ese cacharro?

Elliot no sabe adónde mirar. Pide ayuda a Carol, pero la chica ya ni le sonríe ni le pone caritas. Ninguna de las dos quiere hablar con él, así que para al primer taxi que ve y se montan los tres. Mientras pasan por la calle Forest para coger la autopista, Elliot tiende el brazo a Awinja.

—Por favor, cariño, entiéndeme. Sólo quería demostrarte que te quiero.

—¿Querías ser un superhéroe, verdad?

Elliot se recuesta en su pecho y empieza a sollozar. Awinja suelta un suspiro y se calma mientras le sostiene la cabeza. El taxista no dice ni mu. Quién sabe, quizá está preocupado pensando que está haciendo el curro de gratis, pero no se le nota. Cuando llegan, no abre ni a boca. A Elliot, que el tipo ni se inmute le inquieta mucho más que si le estuviera acribillando a preguntas. De golpe, el pulso se le acelera al ver cómo el taxista intenta coger algo de debajo del asiento.

Hace tiempo oyó hablar de un taxista que llevaba una pistola en el coche y atracaba a sus clientes. Pero aquí y ahora, aparte de sus vidas, no les queda nada.

—Coge mi número de teléfono, —dice el taxista— págame mañana.

Todos suspiraron aliviados. La noche remonta. Ahora Awinja ya no se aparta cuando Elliot intenta cogerla de la cintura. Se despiden del taxista sintiéndose afortunados. Una vez Carol se marcha a su casa, Elliot coge la mano de Awinja.

—Al final, la noche ha mejorado —dice Elliot— Vamos a disfrutar y a olvidar toda esta mierda.

Justo al llegar a casa, Awinja va directa a la ducha. Cuando vuelve a la habitación, se encuentra a Elliot envuelto en una toalla. Se acerca a él y le da un beso.

—¿Por qué no te das una ducha primero? —dice Awinja.

—Ahora voy, cariño.

Elliot se ducha demasiado rápido, como suele hacer cuando no lo hace con Awinja. En cinco minutos ya está listo. Cuando vuelve a la habitación, se encuentra la puerta cerrada. Entonces encuentra una manta en el sofá. Pica a la puerta sigilosamente, pero, al no recibir respuesta, empieza a picar más fuerte. Awinja no contesta, así que se pasa una hora entera sentado en el pasillo rogándole que le abra. Aun así, Awinja no le contesta, pero Elliot puede oírla desde fuera. A veces la oye estornudar y gritar. ¡Mierda!

Se marcha de la casa de Awinja a las dos de la noche con algo de calderilla que ha encontrado en el jarrón al lado del televisor. Sube a un matatu en dirección al centro; un matatu de catorce plazas prácticamente vacío en el que la música está tan alta que parece como si violaran la santidad nocturna.

El matatu le deja en el centro de una ciudad cuyos demonios enjaulados le consumen el alma. Cada vez anda más deprisa hacia las chicas de la calle Koinange, con los ojos abiertos como platos, como si por tenerlos más abiertos fuese más fácil encontrar a Aggy, su hermana, el recuerdo desvanecido de su único vínculo familiar. Su corazón se sume en el abismo y su oído se detiene con el estridente silbido de una bala perdida. Justo después, siente el dolor penetrante de otra bala que le atraviesa el hombro y le hace caer de rodillas. Su última imagen es la de Aggy corriendo hacia él, gritando. Si era de pena o de alegría, eso no se sabe. En ese instante, la noche se vuelve tan oscura y tranquila que Elliot siente cómo se sumerge en una infinidad dulce que lo absorbe.

 

+Moses Kilolo: Escritor keniata residente en Nairobi y fundador del importante colectivo de escritores Panafricano “Jalada”, en el cual es redactor jefe de la revista literaria que lleva el mismo nombre. Ha trabajado como periodista freelance y como colaborador asiduo de la revista literaria Saraba, que se publica en Nigeria. Además ha participado en festivales de literatura como “Story Moja Festival” que se celebra cada año en Nairobi, entre otros.

 

+Gerard Casas: (Barcelona, 1988) Licenciado en Traducción e Interpretación, formado en edición periodística y máster en Estudios Internacionales sobre Medios, Poder y Diversidad por la Universitat Pompeu Fabra. Entiende su profesión como una herramienta más de transformación social y mediación intercultural. Después de vivir en Marruecos, ha colaborado con colectivos activistas de distintos países dentro y fuera del continente africano en proyectos artísticos relacionados con el género y la diversidad sexual. Seleccionando música, Gerard es “Cheb Lila”.

Síguenos en facebooktwitter e instagram
Suscríbete a nuestra newsletter

 

One Comment Radio Africa

LogIn

  1. "La precariedad inmortal de la noche"... / 13 oct 2016 8:51 #

    […] El escritor Moses Kilolo, nos traslada a la Nairobi más descarnada para contarnos la historia de Elliot, un chico condenado por la ciudad y la noche  […]

    Reply
  • (no será publicado)