Kira Bermúdez y Tania Adam

Participantes: Avtar Bah, Gabriela Wiener, Najat ElHachmi, Daniela Ortiz, Patribha Parmar, Brigitte Vasallo, Kira Bermúdez, Úrsula Santa Cruz, Anyely Marín Cisneros, Bombo N’dir, Lucía Piedra Galarraga, Karo Moret Miranda, Carlos del Clos, Cristina Velázquez, Fatima Taleb, Beatriz Leal Riesco, Tania Adam, Rebecca Close, Paqui Perona y Duen Sacchi.

Apuntes del proyecto “Microhistorias de la diáspora. Experiencias encarnadas de la dipersión femenina” de La Virreina Centre de la Imatge

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Siguiendo a Avtar Brah, quien propone pensar el concepto de «espacio de la diáspora» frente al de diáspora, pues en él «se discuten las barreras de inclusión y exclusión, de pertenencia y otredad, de ‘nosotros’ y ‘ellos’», este proyecto investiga qué elementos de especificidad añaden la raza, el género, la clase o la lengua en las subjetividades diaspóricas. Para ello, se parte de la idea de experiencia encarnada, es decir, de las yuxtaposiciones, interrogaciones, transgresiones y mediaciones inscritas individual y colectivamente en aquellas múltiples reinvenciones singulares de la diferencia; en la subversión íntima y a menudo imperceptible de las categorías de diferenciación, así como de la noción misma de identidad.

En este sentido, Microhistorias de la diáspora trata de construir un espacio de reelaboración, cuestionamiento y escucha desde una epistemología común: la de las mujeres racializadas, emigradas o «que se quedan donde están», quienes, mediante relatos activistas, gnoseologías del Sur, voces literarias, saberes autorreferenciales o artísticos, no solo discrepan de las narrativas hegemónicas, sino también de una condición subalterna estática y discriminatoria. Las mujeres hablan entonces para entender cómo les atraviesan los procesos económicos, políticos, culturales y psíquicos que confluyen en lo cotidiano de cada sujeto. Hablan para nombrar la propia experiencia dentro de esas intersecciones, en conversación con las diferentes perspectivas y arquitecturas analíticas a su alcance. Una suerte de mestizaje teórico tejido con los mimbres de las historias singulares que les dicen en el mundo.

 

© Hélène Amouzou

 

LA MICROHISTORIA

La microhistoria es un método de investigación, un instrumento de conocimiento que disloca el gran relato de la historia, cuestionando contenidos, miradas y lenguajes dominantes desde perspectivas singulares. Responde a la necesidad de una historia más cercana a la cotidianidad, que pueda hacer frente a las narraciones fuertes y hegemónicas, abogando por atender rasgos y diferencias particulares, y poniendo en el centro el valor de la experiencia que se ubica en un cuerpo social y en un espacio concreto. Las corrientes historiográficas principales se han basado generalmente en una concepción macro histórica de los hechos, y se han limitado a narrar o interpretar grandes sucesos, procesos, hechos, o personajes históricos, pero sin interpretar desde la pequeña escala las realidades sociales, cambiantes o permanentes, que son la base en torno a la cual gira el desarrollo y el desenvolvimiento de la historia. Sin duda, la microhistoria es una vía para una renovación de la historia.

La microhistoria es historia general, pero analizada partiendo de un acontecimiento, un documento o un personaje específico. Giovanni Levi, uno de los impulsores de la microhistoria, hace una analogía clara para entenderla: es como si se utilizara un microscopio; se modifica la escala de observación para ver cosas que, en una visión general, no se perciben. Buscando una escala reducida y específica, como un laboratorio, el análisis microscópico de una situación nos permite, entonces, devenir al problema general. Siguiendo la trayectoria o el destino particular de un individuo, por ejemplo, se aclaran las características del mundo que le rodea. Desde una situación, un lugar o una persona específica, entonces, podemos plantear preguntas y respuestas generales que tienen relevancia en otros contextos y realidades, abriéndose así la posibilidad de conectar procesos y entretejer perspectivas de carácter muy diferente.

En este sentido, el historiador Charles Joyner, a partir de su trabajo sobre la intersección entre la herencia blanca y la herencia negra en un pueblo del sur estadounidense, propone la definición “la microhistoria aspira a plantear grandes preguntas en lugares pequeños” (en Shared Traditions: Southern History and Folk Culture). Así, es importante notar que la microhistoria no es estudiar cosas pequeñas sino mirar en un punto especifico pequeño, pero proponerse problemas generales. No es tampoco un estudio de caso ni una historia de vida, sino que se nutre de la indagación en la memoria, en los testimonios, los documentos, los objetos y experiencias que acaecen en ese pequeño punto específico para arrojar luz sobre aspectos particulares, ocultos o invisibilizados de aquello más grande y general que se quiere abordar.

Carlo Ginzburg, otro gran impulsor de la microhistoria, desarrolla una propuesta singular caracterizada en parte por tratar de rescatar los problemas desde “la perspectiva misma de las víctimas” de los procesos históricos que estudia. En este sentido, afirma que es imposible comprender el espacio de las realidades mentales o culturales de una sociedad sin partir de la división esencial entre culturas hegemónicas y culturas subalternas. Como sujetos diaspóricos, queremos hablar de subalternidad, de representaciones, de versiones historiográficas, de oportunidades, de racismo, de religión, de sexualidad, de clase social… Pero también hablar de calidad de la vida cotidiana, del placer, del sufrimiento, de los sueños, de la realización de uno mismo, de la diferencia y del deseo que actúa como motor de la acción vital.

Como método de investigación en nuestro proyecto de Microhistorias de la Diáspora, proponemos explorar microhistorias, nuestras u otras que nos sean significativas, insertas en movimientos diaspóricos y marcadas por la experiencia encarnada en aspectos que están ausentes de los grandes análisis históricos, políticos, económicos, culturales y perspectivas teóricas dominantes. ¿Qué espacio de laboratorio, qué punto específico pequeño queremos identificar en ese complejo que es la diáspora que nos pueda servir para plantearnos grandes preguntas que nos urge sondear?

Finalmente, la microhistoria tiene un destacado componente narrativo, pudiéndose presentar a través de muy diversos géneros de expresión, ya sean ensayos, artículos, literatura, producciones audiovisuales, y otras formas artísticas.

 

© Hélène Amouzou

 

LA DIÁSPORA

Hablar de diáspora es referirnos a un conjunto de experiencias, imaginarios, desplazamientos y coyunturas sociales muy heterogéneas, que invitan a un análisis en detalle para observar sus respectivos matices.

Desde el punto de vista geopolítico, la diáspora supone una dispersión a partir de un centro o un lugar de origen, vinculándose así a las nociones de frontera, migración y cartografía, todos ellos conceptos hoy inestables y en permanente estado de revisión.

Desde una perspectiva historicista, la memoria de la diáspora desborda los discursos de corte ensayístico, debiendo atravesar aspectos que se relacionan con la subjetividad y con unas identidades cada vez más móviles y tensas.

Además, resulta imposible investigar lo diaspórico sin releer qué significa en estos momentos el género, la clase, la religión, la lengua o la pertenencia cultural. De allí, la propuesta de Avtar Brah de conceptualizar lo que ella denomina el espacio de la diáspora frente al concepto de la diáspora, porque es allí donde se articulan y desarticulan los distintos ejes de diferenciación marcados por las relaciones de poder. Pero también porque es el espacio donde habitan, mezcladas y enredadas entre sí, tanto las genealogías de dispersión (las de quienes han migrado y sus descendientes) como las genealogías de quienes «se quedan donde están» (las de quienes se han construido y representado como autóctonos). Cruces de frontera en la frontera, íntimos y a menudo imperceptibles, que subvierten las categorías de diferenciación a través de constantes yuxtaposiciones, interrogaciones, transgresiones y mediaciones inscritas individual y colectivamente en múltiples reinvenciones singulares de la diferencia. En el territorio convulso de la frontera estalla la diferencia y la noción misma de identidad.

El presente proyecto propone, entonces, un cambio de paradigma con el que acercarnos a la diáspora desde otras tesituras, saltar de su consideración puramente territorial a los complejos imaginarios que ha generado, extraer la diáspora de los vocabularios y categorías tan sólo teóricas para añadirle un alcance como experiencia y, más aún, como experiencia encarnada con cuerpo de mujer. ¿Qué es la diáspora, desde nuestro caminar individual y colectivo en el mundo? ¿Cómo hablamos de ella, cómo la definimos? ¿Qué recorridos y trayectorias nos preceden, en cuáles nos vemos actualmente? ¿Qué preguntas nos interpelan cuando observamos el espacio de diáspora en que nos reconocemos?

 

© Hélène Amouzou

 

LA EXPERIENCIA ENCARNADA

Audre Lorde articuló su comprensión de lo que significaba para ella ser “diferente” y marginada, incluso en el seno de diversos grupos minoritarios. Exploró para ello las maneras en que las personas que encarnan diferencias de raza, sexualidad, edad, sexo y clase social intentan sobrevivir a pesar de la hostilidad explícita hacia esta diferencias. Y lo hacía siempre partiendo de su propia experiencia encarnada. Sus creaciones encarnadas -poesía, ensayos, artículos, conferencias, clases- no son exactamente meditaciones sobre su experiencia personal. A través del lenguaje y de la acción simbólica, ella ponía la experiencia del cuerpo y transformaba activamente sus miedos, su vulnerabilidad, sus heridas en recursos que podían ser útiles como fuerza y motor para el desarrollo de acciones compartidas. Las creaciones encarnadas, entonces, se refieren a las maneras en que podemos nutrirnos ingeniosamente, explícitamente, ampliamente de nuestra capacidad para nombrar las experiencias corporales de nuestras relaciones físicas, emocionales, espirituales, intelectuales y simbólicas con otros, otras. Nuestras experiencias corporales devienen una fuente que baña nuestras reflexiones, expresiones y acciones.

El uso explícito de la experiencia personal en la creación encarnada se opone a los sistemas impersonales, abstractos, inmateriales que no tienen en cuenta las ramificaciones específicas sociológicas, culturales, políticas de la raza, la sexualidad, la clase social y el sexo/género en su interacción sistémica en el tiempo de vida de un individuo. Audre Lorde se refiere a ello como “la destilación de la experiencia” o como “la metabolización de la experiencia” (Sister Outsider). Dice: “Me estoy refiriendo a toda una manera de mirar la vida, de adentrarme en ella, de usarla, de relacionarme conmigo misma y con mi experiencia.” Lorde hablaba de un malentendido vivido con una colega como una “magulladora”, del racismo en su ciudad como “ceguera humana”, de agresiones racistas como “cicatrices”, decía que “metabolizaba el odio como el pan de cada día”, una metáfora corporal inquietante que sugiere quizás que se alimentaba del odio. De este modo, Lorde visibilizaba un rastro encarnado de heridas físicas previas en la historia para nombrar heridas análogas en el presente, que a veces llegan a asaltos físicos, lesiones y sus legados. Para ella, aunque se exprese con palabras o hechos, el racismo, la discriminación, la diferenciación sistémica puede herir el sentido simbólico del lugar, la pertenencia y la seguridad de una persona.

Proponemos así para nuestro proyecto de investigación, explorar las experiencias del cuerpo como terreno fértil para la reflexión; integrar, en nuestras reflexiones, los sentimientos y convicciones personales que albergamos sobre nuestra experiencia de la diáspora, en nuestras colaboraciones, relaciones y confrontaciones con otros. Las metáforas corporales que evocan experiencias de vida nos servirán como lenguaje con una base encarnada para captar, expresar, aterrizar ideas abstractas e intangibles… Es el reconocimiento de que las experiencias y emociones poderosas como la rabia, el miedo, los afectos tienen dimensiones corporales, encarnadas; tienen resonancias especiales como consecuencias fisiológicas de experiencias duras, significativas. La creación encarnada proporciona un medio para poner en juego la transformación de sentimientos potentes y experiencias corporales en reflexiones, dándoles forma a través del lenguaje escrito, hablado u otros, para que constituyan hechos simbólicos comunicados como recursos potenciales para el activismo, la producción ensayística, la creación literaria u otras.

© Hélène Amouzou

 

Las fotografías de Hélène Amouzou (Togo 1969), están inspiradas en la fotógrafa estadounidense Francesca Woodman, pero crea su propia imaginería distintiva e inquietante para capturar a sí misma y sus pertenencias en una habitación vacía con papel tapiz floral pelado. En muchas de las imágenes, incluye una maleta como símbolo recurrente de su estado de flujo y tránsito. Las fotografías fueron tomadas durante un período de dos años cuando Amouzou buscaba asilo en Bélgica y esperaba su visa de residencia oficial.

 Las instantáneas revelan un constante cuestionamiento y búsqueda de la identidad del sujeto. Las nociones de libertad y legitimidad se exploran en un mundo de burocracia y desigualdades. Amouzou captura los sentimientos de exclusión y la estigmatización por el prolongado proceso oficial. Aquellos con derechos de residencia permanente solo pueden imaginar la inseguridad y la preocupación diaria de la posibilidad de ser enviados de regreso a un lugar inseguro y las fotografías revelan este sentido de impermanencia. Sus imágenes fantasmales rondan cada fotograma y se ciernen en la tierra de nadie entre la ausencia y la presencia

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