Tania Adam - Barcelona

En las profundidades del Atlántico Negro existe un planeta líquido que es tan letal como el planeta rojo o los anillos de Saturno. En él habitan los drexciyanos, unos hombres pez que actúan como extraterrestres. Esta especie marina desciende de las esclavas arrojadas al mar en pleno trabajo del parto durante el Middle Passage. Sus neonatos no murieron, sino que nacieron bajo del agua como anfibios con membranas interdigitales. Así se gestó la primera generación de drexciyanos, una suerte de guerreros listos para emprender la cruzada contra los “programadores de la realidad”.

Esta distopía mitológica fue concebida por Drexciya, una banda electrónica de Detroit que aborda el comercio de esclavos y sus consecuencias en el capitalismo tardío a través del “Atlántico Negro”, un concepto que acuñó Paul Gilroy para reivindicar la existencia de un gran ensamblaje cultural –la cultura transatlántica negra de los descendientes de los esclavos en el hemisferio occidental–, como el lugar desde donde repensar la historia y la modernidad.

Drexciya propone viajar a través de las profundidades del Atlántico Negro (África, Europa, América y Caribe) recorriendo los mundos subacuáticos habitados por estos hombres branquiados y mutantes, ya que es ahí, en ese espacio exterior“, donde por fin serán libres, serán ciudadanos con autonomía social y política y podrán emprender el combate definitivo contra las injusticias.

Utilizando esta fantasía mítica, este escenario afrofuturista, os invito a situarnos en el presente del Mediterráneo. Apelemos a nuestra imaginación para engendrar una extensión del Atlántico Negro en el Mediterráneo, allí donde sucumben los esclavos contemporáneos. No os pido ejercer la empatía radical, sino que recurro a la ficción para entender el sufrimiento y las posiciones migrantes desde lo no humano. Por ello, inventemos que las 15.000 personas declaradas como muertas en los últimos seis años en esta travesía –la frontera más mortífera del momento–, fueron rescatadas por los drexciyanos, quienes las convirtieron en alienígenas con el fin de evolucionar su especie y emprender una fabulosa cruzada por la disidencia.

Juguemos, por favor, con la utopía, con las temporalidades y con las espacialidades. Evoquemos al poder del agua, de lo liquido para definir la muerte en las profundidades del mar como secuela de las políticas de vigilancia impulsadas por occidente. Tal vez solo desde ahí podamos repensar los movimientos de población sur-norte como consecuencia del dominio que Europa ha ido ejerciendo sobre otras poblaciones. Desde el universo de Drexciya quizás podamos asimilar que el tipo de crueldad anima a captar a un ser humano, hacerlo prisionero, introducirlo en un barco y arrojarlo por la borda, es el mismo salvajismo que se están ejerciendo desde las fronteras.

Hegel afirmó que la única conexión entre los negros y los europeos fue la esclavitud, pero murió sin asistir a lo que vino después: la pervivencia del colonialismo en el siglo XX y el XXI. También podemos prescindir de sus discursos racistas –afirmó que los negros carecen de “sentido de la personalidad; su espíritu duerme, permanece hundido en sí mismo, no avanza, y por lo tanto se mantiene paralelo a la masa compacta, no diferenciada del continente africano”–, y atender a los grandes intelectuales negros como C.L.R. James, Stuart Hall y otros, quienes llevan décadas denunciando cómo se han ido reproduciendo, generación tras generación, nuevas formas de esclavitud o, según lo nombra Achile Mbembe, el “devenir negro del mundo”.

Los nuevos drexciyanos son fruto de estos procesos de dominio político y militar que occidente ha creado para garantizar la explotación del trabajo y las riquezas en el Sur global. Igualmente son consecuencia de los patrones de poder que operan a través de la naturalización de las jerarquías territoriales, raciales, culturales y epistémicas. Porque, en realidad, solo desde esas narrativas de superioridad se entiende el despojamiento de su categoría de humanos y la oposición a la presencia de la clase obrera negra e hispana en las ruinas de la ciudad moderna del hemisferio opulento.

Así pues, apelemos a otras dimensiones sociales, mentales y ambientales de la vida urbana para reformular la contemporaneidad. Abracemos la ficción, el futuro y lo posthumano para cambiar el presente y reinventar el pasado. Y, sobre todo, ayudemos al nuevo ejercito drexciyano – que va en aumento–, a preparar su «asalto acuático»: esa batalla incesante contra los “programadores de la realidad”.

 

 

 

© Marc Dancey

 

© Abdul Qadim Haqq
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© Abdul Qadim Haqq
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