Clara Núñez – Barcelona | Publicado el 25 de octubre de 2016

Hace unos días me hablaban de Silicon Valley, ese “paraíso” de la tecnología ubicado al norte de California en los Estados Unidos, y de cómo últimamente, con gran paranoia y sorpresa, el mundo se mostraba asombrado de la cara oscura del edén de la prosperidad ciberespacial: Whatsap, Facebook, Amazon, Airbnb… Resulta que todas esas empresas bajo la retórica de la libertad individual y el do it yourself a precios geniales, tienen acceso a todos nuestros datos, a nuestros gustos, a nuestras conversaciones, a nuestros movimientos bancarios, a nuestras fotos de vacaciones, nuestras fiestas, amigos, amores… Y los utilizan para manipularnos, pues sí. Entonces pensé en lo extraño que es el ser humano y en lo rápido que entrega su libertad voluntariamente y sin ningún reparo… ¿Pero es esto algo nuevo? ¿Realmente nos parece sorprendente?

El escritor George Orwell, ya en el año 1949 se olía bastante la cosa y en su novela “1984” predijo una sociedad controlada y organizada por un ojo que todo lo ve donde todos entregaban sus vidas con alegría y borreguismo… Le llamó “Gran Hermano”, y qué curioso, ese fue el nombre que en 1999, la productora holandesa Endemol, utilizó sin ninguna vergüenza ni pudor, para crear uno de los formatos más exitosos de la historia de la televisión. Y además, no tuvieron que inventarse prácticamente nada: Orwell les había dado la idea con la intención de prevenirnos contra lo que se avecinaba, pero, extrañamente, nosotros lo acogimos con fervor. ¡Y qué fervor! Pocos desconocen el famoso chalet de Guadalix de la Sierra y todas las cosas que allí se han cocido durante todos estos años.

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En España, el programa comenzó en el año 2000, siendo líder de audiencia en cada una de sus ediciones, y eso que este año vamos por el 17. Suma y sigue. El formato partió con la idea de doce personas anónimas, conviviendo durante 3 meses en una casa, siendo grabados las 24 horas del día y aislados completamente del exterior. Para dar chicha al asunto se crearon pruebas semanales, grupos que rivalizaran, turnos de responsabilidades en la casa, fiestas… Pero para poder seguir durante más de una década (!!!), cada año tenía que ser más fuerte y sorprendente que el anterior, y eso es lo que ha pasado: peleas, sexo, personajes tan increíbles como “Fresita”, etc. ¿El premio? 20 millones de pesetas en sus inicios y 300 mil euros en la actualidad.

El formato ha tenido tantísimo éxito que su presencia se ha ido extendiendo a numerosos lugares del mundo, y en el continente africano no ha sido diferente. En el año 2003, “Big Brother Africa” (BBA), salió a la luz como una iniciativa de la productora sudafricana M-Net, con una diferencia importante respecto al resto de lugares del mundo: BBA acogía a concursantes de distintos países del continente para, al parecer, ampliar el juego televisivo de todo el territorio que hasta ese momento, había estado centrado en Sudáfrica y Nigeria. Por primera vez un reality show hecho por africanos para africanos se emitía en más de diez países. Los participantes venían desde Kenia, pasando por Tanzania, Malawi, Angola, Uganda, Gana o Nigeria. Eso lo convirtió en un símbolo de panafricanismo y de unión popular mayor que muchas de las estrategias políticas hechas a lo largo de décadas. Así de fácil.

Tras un parón de 4 años, BBA volvió a emitirse en 2007 y ha seguido hasta el año 2015, en el cual fue el programa más visto de todo el continente. Ahora parece que quiere reestructurarse, ya que como dicen muchos de los espectadores, ha perdido su esencia popular. Y ahí llegamos a uno de los puntos clave del programa Gran Hermano en sí: el tirón popular que tiene y el por qué ha arrasado de forma increíble en tantos países del mundo. En España se ganó el cariño de la gente porque acogía a personas comunes de la calle y se abanderó (no sé si todavía lo hace) con la idea de que cualquiera de nosotros podíamos ser una estrella, salir por la tele y además, ganar mucho dinero.

En África, parece que además de utilizar el sueño del héroe anónimo, se ha ganado el favor de personas tan diferentes de tantos países apelando a un punto doloroso y controvertido en su historia: el panafricanismo, su unión o desunión como patria, y la idea de que todos (todos los países y todas las personas), pueden tener la misma importancia. Regresamos así al mito vendido por la tecnología desde sus inicios que actualmente nos lleva a Silicon Valley y a la fiebre de la autoexposición y la hiper comunicación: todos importamos, todos podemos hacer una historia de nuestra vida y tener visibilidad para otros. Todos podemos ser, de algún modo, celebrities.

De esta manera, Gran Hermano ya no está solo en la televisión, lo hemos trasladado a nuestra casa y junto al Instagram o Snapchat, empieza a parecer un juego algo pasado. La extimidad, ese concepto utilizado por sociólogos como Zygmunt Baumann desde hace unos cuantos años, que, al igual que Orwell, venían avisando de lo que avecinaba, ha pasado de la pantalla de televisión a la vida cotidiana de cada uno de nosotros: necesitamos mostrar lo más íntimo para saber que existimos, y necesitamos respuestas de reconocimiento, así como aprobación constante y global…Hablando en claro: necesitamos cariño.

Programas como Gran Hermano sentaron los antecedentes y ahora la cosa ha ido calando en cada individuo de forma íntima para volverse “éxtima”. Y es que si lo pensamos con distancia, aunque pueda parecer simplista, solo se trata del juego de siempre (pasado por una creciente y loca sofisticación para beneficio enorme del capitalismo) que tan bien define la escritora y maestra espiritual, Marianne Williamson: “en el fondo, se mire como se mire, todo es amor o petición de amor”.

+Clara Núñez (Galicia, 1990) redactoraNacida en A Coruña, siempre le ha gustado conocer las culturas y sus expresiones artísticas; todo aquello que sea diferente y no se explique le mueve a saber más. Clara es periodista, formada en Barcelona y en Lisboa, y también postgraduada en Estudios Africanos. Ama la literatura, la danza y la música; de hecho fue la música la que le llevó hasta África. Cuando no está en Radio Africa, se encuentra en Funzine Human Beings donde canaliza su pasión por la escritura. Responsable de los contenidos de literatura, cine y televisión. Contacto: ramag@radioafricamagazine.com

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