Tania Adam – Barcelona | Publicado el 28 de febrero de 2016

Beyoncé Giselle Knowles-Carter es una gran artista, la reina del momento y te guste o no, hay que reconocer su grandeza sin rechistar. Es una mujer afroamericana joven, guapa, millonaria y con mucho poder; una supremacía agraciada por sus millones de fans. Es uno de esos referentes norteamericanos a los que los jóvenes africanos y de todo el mundo miran cegados y con extrema admiración, lo que es un poco alarmante.

Hace tiempo que trato de entender qué está haciendo con su moralismo galopante, reafirmando el valor de la pareja, el feminismo, sus guiños a la africanidad (algunos la acusan de apropiación cultural), y ahora con la ratificación de sus raíces, el black power y la denuncia del racismo con “Formation”. He de decir que todavía no he sacado nada en claro, es más, creo que estoy un poco confundida. De lo que no tengo ninguna duda es que es una gran predicadora, no sé qué religión pregona pero tiene una colosal capacidad para hacer llegar su mensaje.

Además de ser una gran predicadora, es norteamericana y por lo tanto habla y lanza sus profecías al mundo como tal. Por si no os había quedado claro vivimos inmersos en la civilización norteamericana desde la Primera Guerra Mundial: es la cultura dominante. Aquella que otras intentan imitar, copiar, y no lo impone, sino que tiene suficientes instrumentos como para exportarla. Beyoncé entraría dentro de esa exportación de estilo de vida norteamericanos que utiliza la cultura como forma de situarse en el mapa global mediante mecanismos como la música o Hollywood, y sus estrellas se convierten en referentes a imitar en absolutamente todo el mundo. Esto es el soft power que junto con el hard power (políticas exteriores que siguen desde el Gobierno de los EE.UU.) conforman este modelo de dominación mundial.

“Formation”, su último trabajo, pone sobre la mesa los problemas de racismo, la identidad y el orgullo de ser negro. El mundo se ha rendido a sus pies, y el “mundo negro” se ha derretido. Sin embargo primero habla bajo su condición de norteamericana y después como negra así que no confundamos los mensajes, por favor, porque no existe una identidad negra a nivel mundial, existe en todo caso el orgullo de ser negro. No hay que pasar por alto que Beyoncé habla en nombre de sus compatriotas no de los negros del mundo (es imposible hacerlo), así que atención con coger sus mensajes como genuinos.

La identidad y el orgullo de ser negro son dos cosas diferentes. Compro lo del orgullo y personalmente me enorgullece que alguien con tanto poder lo ponga sobre la mesa, porque es necesario, realmente necesario e importante. Pero lo que no acabo de compartir es lo de la identidad, porque habla de afinidad norteamericana, habla de problemas de su país y defiende sus raíces y su cultura, y está exportando y proponiendo una manera de ser negro o negra con una firmeza un tanto lejana a mi.

Los problemas de los negros norteamericanos son suyos y no son los mismos que los del resto del mundo, así que hay que saber digerir el discurso de Beyoncé. Tengo la sensación de que una vez más están ejerciendo su poder blando, ese soft power negroide. Aplaudo que vuelva a poner sobre los focos el black power pero mejor no dejemos, una vez más, que sean los los afroamericanos que digan al mundo lo que significa ser negro. Me produce mucha pereza que se encarguen de posicionar la negritud a nivel mundial ¡de verdad! Ésta es tan dispar como las personas.

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